lunes, 25 de enero de 2016

¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?

¿Vivimos para trabajar o trabajamos para vivir? Para responder estar interrogantes, comenzaremos con un poco de historia, fundamental para entender en su justa medida y dimensión un tema tan importante. 

Llegada la segunda mitad del siglo XVIII la humanidad conoció la Revolución Industrial, trayendo consigo como todas las "revoluciones" cambios inéditos, satisfactorios para unos, incómodos para otros. Se originaron nuevas relaciones de trabajo, determinadas por la necesaria coordinación hombre-maquina, que aspiraba a la máxima productividad posible e incluso a la continua e imparable producción en serie, como una cadena de eslabones interminable, un ciclo repetido una y otra vez. Pero, no tardaron en notarse las insalvables diferencias entre el hombre y las maquinas, estas ultimas evidentemente casi siempre superaban la capacidad humana, exigían poco en comparación con el hombre, especialmente se disminuía el pago por la contraprestación brindada. No obstante, entre algunas de las desventajas inherentes a la revolución industrial los niños comenzaron a ser explotados, pasaron a formar parte junto a las mujeres de la enorme competencia laboral por una plaza de trabajo; el incremento en la productividad debió generar más empleo, mayor consumo y en consecuencia más demanda de mano de obra, pero paradójicamente creció el desempleo, porque los empleadores preferían el uso de maquinas en lugar de hombres, el salario se vio radicalmente disminuido por la sobre oferta de personas anhelando un empleo, la pobreza se multiplicó y la posibilidad de quejarse por condiciones infrahumanas era casi nula, al fin y al cabo había siempre alguien dispuesto a hacer cualquier cosa por menos salario que otro.

Hombres, mujeres y niños expuestos y sometidos a condiciones humillantes, explotadoras, jornadas largas, salarios ínfimos, poca o nula seguridad y por tanto alta incidencia de accidentes, fueron tan solo algunas de las motivaciones para que surgieran diversas formas de queja y protesta, huelgas, marchas, sabotaje/boicot, ocupación de fabricas. Sin embargo, los empleadores ricos y poderosos, relacionados con políticos y autoridades no tardaron en conseguir criminalizar todas las practicas y formas de expresión de la disconformidad social, que era la única actividad en la cual los empleadores aceptaban la participación del Estado (en la represión), porque rápidamente se garantizaron la nula participación de éste en la tutela de las relaciones laborales, todo solapado bajo el argumento de la "libre contratación" entre empleador y trabajador.

Entrado el siglo XIX organizaciones como los movimientos autodenominados socialistas e intervencionistas, exigieron del Estado mayor regulación y defensa antes abusos de los empleadores, al punto tal que la Iglesia, hasta entonces abiertamente defensora de la llamada "libertad" en las relaciones laborales, se vio forzada a sentar una posición más justa para con los explotados a través de las encíclicas Papales y se formularon algunas modificaciones a la doctrina católica en relación al trabajo, naciendo la llamada "Doctrina Social de la Iglesia".

Las primeras leyes o intentos de regulación en materia laboral surgieron aproximadamente a partir de mediados del siglo XIX. Por ejemplo, en los Estados Unidos de Norteamérica, Chicago era un importante centro de la economía, siendo la segunda ciudad más poblada, llegaban de todos los lugares y rincones de EE.UU trabajadores en búsqueda de una mejor vida, incluso inmigrantes provenientes de otras latitudes como Italia, España, Alemania, Irlanda, Rusia, Polonia, etc, se asentaban en zonas humildes con la esperanza de conseguir una mejor vida. Al tiempo, comenzaron exigencias de reivindicación que versaban fundamentalmente sobre la reducción de la jornada laboral a 8 horas, quedando 8 horas para atender la familia y 8 horas para dormir/descansar, aunque existía ya una ley que prohibía las jornadas laborales mayores a 18 horas especialmente en las compañías de ferrocarril, que eran sancionadas con multa de 25 dólares si se descubría que un maquinista había atendido una jornada mayor a la permitida. Federaciones defensoras socialistas, anarquistas y comunistas luchaban por la disminución de la jornada de trabajo, pero no es sino hasta 1868 que el Presidente Johnson, promulga la ley Ingersoll, estableciendo la jornada de 8 horas, aunque no aplicaba para la totalidad de EE.UU.

La lucha no fue sencilla, aún 18 años después en 1886 los trabajadores luchaban por la total aceptación de aquella jornada de 8 horas y es el 1º de mayo de ese año que una huelga de 200.000 trabajadores, genera la conocida revuelta de Haymarket en la fabrica de McCormick, y aunque la manifestación era pacifica, un objeto explosivo fue detonado por infiltrados, generando la muerte de un policía e hiriendo a varios, este hecho ocasionó que la policía abriera fuego directo contra los manifestantes pacíficos, dejando como saldo al menos 6 muertos y decenas de heridos. Más tarde estos hechos devinieron en un juicio a 8 obreros el cual se dijo estuvo amañado, 5 de  los  cuales fueron condenados y culpados por los hecho acontecidos y hoy son conocidos como los mártires de Chicago, de allí que en el mundo se celebra el 1º de Mayo el  día  Internacional   del  Trabajador. Más tarde, con el fin  de la Primera  Guerra mundial,  en 1919  el  Tratado  de  Versalles crea la "Organización Internacional  del Trabajo  (OIT), cuyo fin es regular y tutelar los asuntos relativos al trabajo y las relaciones laborales, suponiendo un gran avance en materia de derechos humanos, civiles y fundamentales.

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Ahora bien, teniendo como punto de partida los extensos eventos históricos que han sido sumamente resumidos porque este no es un articulo de carácter histórico, en el mundo actual, en pleno siglo XXI aún el hombre en muchos países por no decir la gran mayoría discuten la disminución de la jornada laboral, aunque cuidando como punto primordial la productividad, entendiendo que radica en la prosperidad generada con el trabajo la evolución tanto del empleador, como del trabajador. Diversos países, mayormente Europeos han comenzado  realizar ajustes en la cantidad de horas trabajadas a la semana. así tenemos  a Suecia con 36 horas a la semana; Suiza 35 horas a la semana; Alemania 35 horas a la semana; Dinamarca 33 horas semanales; Holanda  con 29 horas semanales se ubica como la jornada laboral más corta del mundo e incluso Canadá  a disminuido a 36 horas semanales el tiempo dedicado al trabajo, pero curiosamente todos estos países gozan de excelente nivel de vida, inmejorables condiciones laborales, ingresos más que justos por el trabajo, baja inflación, excelente seguridad social y muy alta productividad, naturalmente hay otros factores involucrados en su evolución social y económica, pero todo pasa por la ejecución de excelentes políticas públicas, bien planificadas, estudiando detalladamente su impacto. Pareciera entonces que a estas alturas según estos ejemplos importa más la productividad y calidad que la cantidad de horas trabajadas. 

Vamos a tomar a Suecia como referencia, un país escandinavo de Europa del Norte, perteneciente a la Unión Europea, sus ciudadanos gozan de un alto nivel de vida, es un país muy moderno y prospero, su Indice de Desarrollo Humano (IDH), ha sido ubicado por continuas décadas como uno de los más altos en el mundo, además de poseer una industria altamente desarrollada. No cabe duda que trabajo y crecimiento económico son dos elementos íntimamente relacionados, pero ¿cuanto trabajo es suficiente? vamos a dejar que un caso practico nos responda esta interrogante:

Un grupo de investigadores en la ciudad de Gotemburgo (Suecia), realizaron un interesante experimento en un hospital llamado Svartedalens, a un grupo de enfermeras se les redujo la jornada laboral, manteniéndoles el mismo salario. Al ser comparadas con los grupos que continuaron con el horario habitual, los resultados hablaban por si solos, las enfermeras con menor jornada de trabajo habían incrementado su nivel de productividad en casi 25%, confesaron sentirse más motivadas y dispuestas e incluso con mayor energía durante el desarrollo de su jornada, de modo que concluyeron que el grupo de trabajó menos horas, estaba más concentrado durante el desarrollo de sus actividades. Incluso, los pacientes indicaron sentirse mejor atendidos por el grupo con jornada laboral reducida, así que el hospital decidió contratar más personal para poder integrar a todo su personal de enfermeras a la jornada laboral reducida. Pero, probablemente muchos se preguntaran como afecta económicamente a las empresas tener que aumentar la plantilla de empleados? Pues bien, el hospital de Gotemburgo, detectó que la asistencia de pacientes era mayor por las buenas referencias del hospital en su nivel de atención y cuidados. Esto nos deja como evidencia que una disminución en la jornada laboral de los empleados y el consecuente aumento en la necesidad de personal, no tiene por que ser visto como un incremento en los gastos, sino que por el contrario debe y puede ser percibido como una oportunidad para aumentar la calidad, la competitividad y la productividad y por tanto al ofrecer un mejor servicio se puede captar más clientes que se traducirán en más y mejores ingresos económicos, al fin de cuentas se consigue el efecto deseado, prosperidad y bienestar tanto para el empleador, como para el trabajador. Pero, esta experiencia no quedó allí, también la puso en practica empresas tan importantes como Toyota, quienes también vieron incrementarse la productividad en 25%, de modo que actualmente en Suecia, la jornada no es más de 8 horas diarias, sino que se estandarizó a 6 horas por día y el mito de la afectación a la rentabilidad se ha visto derrumbado.

Expertos de la Universidad de Stanford, determinaron que al medir la productividad de una jornada de por ejemplo 70 horas, no es diferente a la obtenida en una jornada de por ejemplo 55 horas semanales y es que en general concluyeron que cuando la jornada laboral semanal supera las 50 horas, suele no incrementarse la productividad, sino que incluso pude verse afectada. Asimismo, gran cantidad de agencias de empleo han detectado que cuando se ofrecen jornadas de trabajo reducidas en determinadas empresas o empleos la cantidad de postulantes se ve incrementada y están incluso dispuestos a sacrificar los ingresos percibidos. De modo, que en lo absoluto no pretendemos alentar la flojera, ni la apatía por el trabajo, todo lo contrario, sólo queremos una relación de beneficio para todos, aspirando a elevar nuestra productividad laboral, por ende nuestros ingresos y crecimiento humano, económico y social, pero sin afectar la salud, la calidad de vida, ni las relaciones familiares.






@garzonguillermo



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